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domingo, 6 de noviembre de 2011

¡Feliz Hallownidad!

Eliza: This is Halloween, this is Halloween, Halloween, Halloween! HALLOWE...!
*¡BANG!*
Sandra: ¡Hasta que se calló, joder! Odio esa canción...
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No. NUNCA esperen que haga una entrada sobre un día festivo el día de dicho día. JAMÁS.

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Ah, el Halloween, esa fiesta que actualmente no es más que otra excusa comercial para hacer reventar a la gente en dulces, llenar los bolsillos a los dentistas y hacer desastres sin verdadera razón alguna, justamente igual que en San Valentín. 

Llámenme inmadura, pero me hubiera gustado disfrazarme éste año (tenía planeado ser Justin Bieber, Chávez o un pollo del KFC), hace ya relativamente mucho que no lo hago. Si no mal recuerdo, la última vez fui una araña... Pero eso no importa.

Este año pasé la muy satánica, maligna y completamente pagana fiesta junto a Eliza, ya que en su vecindario sí lo celebran cuales norteamericanos sin nada mejor que hacer con sus satánicas, malignas y completamente capitalistas vidas, dos tipos raros...

Éstos no les llegan ni a los talones.

... y un montón de pequeñajos menores a ocho años junto a su niñero de orientación sexual dudosa. Le dimos dos vueltas a la vecindad y obtuve una cantidad de caramelos que podría causarle caries a una docena de niños, me burlé de uno de los amigos raros de Eliza por querer cortarse las venas al no recibir la suficiente atención de la susodicha (menuda niñita consentida nos ha salido con éste intento de hombre) y jugué Kirby con el otro.

No, no me disfracé esta ocasión, pero sí me prestaron una nariz de payaso, lo que me dio la idea de ser Pennywise el año que viene.

Volviendo a la pedida de dulces en sí, puedo decir que no me había divertido tanto en mi vida y que me importa muy poco lo que diga la profesora de estudios religiosos, si yo quiero celebrar esta triste excusa de fiesta comercial, lo hago y punto.

Que la fiesta haya sido (y lo fue) en épocas pasadas una oda (o lo que sea) a entes malignos... me vale madres, porque ahora no es ni el sucio del dedo más pequeño del pie de lo que era y se ha vuelto el mejor día para los más pequeños, un dolor de bolsillos para los padres y una razón más para odiar la vida para los más viejos (y una fuente de dinero para el resto).